En esta semana celebramos onomásticas tan señaladas como la de Luis Gonzaga (muerto a las 23 años por servir a los enfermos de peste) o los mártires John Fisher y Thomas Moro (decapitados ambos acusados de “alta traición” a Enrique VIII por no secundar sus actuaciones y reformas). También celebraríamos -tras el viernes, día del Sagrado Corazón de Jesús– nuestra querida fiesta del Inmaculada Corazón de María. Pero ella, tan humilde, se repliega este día 24 ante la solemnidad de su sobrino Juan Bautista, al que ya santificó desde el seno materno con la visita a Isabel y Zacarías. Nombre este último que, por cierto, significa “Dios se acordó”. Y fue así como ocurrió con los padres del bautista, siendo bendecidos para darle a luz a pesar de la edad de él o la esterilidad de Isabel.

Por otro lado, Juan Bautista (“el más importante nacido de mujer” en boca de Jesús -Lc 7,28) es el único santo -con Jesús y María- que celebramos dos veces al año: al ver la “luz temporal” y la “eterna”.

Pues bien, Juan Bautista fue el precursor. No “la luz”, pero sí un testigo de ella.

Y contemplando su figura, su santidad, podríamos preguntarnos tú y yo:

¿somos precursores de “la Luz”? ¿Anunciamos con nuestra vida y nuestras obras la llegada de la Buena Noticia?

Antonio Bolivar, cmf

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