Frente al mar se desatan en ausencias
los nudos alfabéticos del beso.
Giran las caracolas
como lunas sedientas
en la oquedad de un cielo dibujado
con mis manos azules.
 
Frente al mar una calma temblorosa
apacigua mi piel y giran los sentidos
palpando el pulso de las olas.
 
Mirada dilatada,
pupilas encendidas
y algas de corales y rostros.
Oscura simetría
de arenas y oleajes,
de besos y quebrantos.
 
Frente al mar las palabras agonizan
en  un rompeolas herido.
Y miro impávido
al fondo de mis ojos
y duerme estremecida la ciudad.
 
 
No resisto esta calma incómoda
de tiempos sin relieve,
de pájaros mojados en mis párpados.
 
Cierro las viejas certidumbres
y arrojo al mar la llave del espejo.
 
Frente al mar se resiste la evidencia
y  se adormecen los pájaros del miedo.
 
Empiezo a caminar desnudo,
y  las olas, unas tras otras,
reverdecen en los latidos.
 
Ha  caído la noche sin mesura
como una caracola de ceniza.
Y un silencio de estrellas
seca las algas.
 
¿En este laberinto no hay salida?
 
Blas Márquez, cmf

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