Se tiende a confundir el optimismo –que es un estado de ánimo ilusorio y gratificante generado por diversos factores, no siempre reales– con la esperanza, que es una virtud teologal. Dicen que no vivimos en tiempos de optimismo; pero… ¿lo son de esperanza? Si no fuera así, sería muy oportuna la recomendación de Cervantes: “Encomiéndate a Dios de todo corazón, que muchas veces suele llover sus misericordias en el tiempo que están más secas las esperanzas”. Un cuentecillo de Tony de Mello nos hace pensar sobre este asunto.  

Cuenta una antigua fábula india que había un ratón que estaba siempre angustiado, porque tenía miedo al gato. Un mago se compadeció de él y lo convirtió… en un gato. Pero entonces empezó a sentir miedo del perro. De modo que el mago lo convirtió en perro. Luego empezó a sentir miedo de la pantera, y el mago lo convirtió en pantera. Con lo cual comenzó a temer al cazador. Llegado a este punto, el mago se dio por vencido y volvió a convertirlo en ratón, diciéndole: “Nada de lo que haga por ti va a servirte de ayuda, porque siempre tendrás el corazón de un ratón”.

Esta bella parábola del gran maestro jesuita aporta una luz para entender la esperanza: Toda esperanza es del tamaño del alma de quien espera

Hoy muchos de nuestros convecinos –y tal vez nosotros también- sólo esperan tener un buen coche, un empleo bien remunerado, viajes, una casa confortable, posición social. Por eso, viven con un horizonte ridículo, de ratón. “Todas mis esperanzas están en mí”, dicen –decimos- con un bostezo.

Otros muchos, por el contrario, coincidimos con esta confesión de Casaldáliga: “Yo digo en un lugar de un diario mío: «Dios es amor, nosotros somos amor, traición y miedo, pero también esperanza» y esa esperanza resuelve todas las decepciones y todas las tristezas, todos los fracasos”. La esperanza depende, pues, del desarrollo interior de la persona y de su capacidad de abrirse a una promesa. Esperar es creer en una promesa –implícita y escondida- que Dios pone al alcance de nuestro deseo. Cuando se alcanza se siente uno bendecido. Puedes carecer de todo, pero si hay esperanza, todo es posible.

A los desesperados y desesperanzados de este mundo, a los solitarios de la gran ciudad, a quienes les faltan ilusiones, a quienes les aplana el aburrimiento y el consumo tendríamos que convencerles de que la vida está hecha de instantes y la razón de vivir es creer que el instante siguiente merece ser vivido. Y así no hay nada que temer, porque “en el reino de la esperanza”, como dice un proverbio ruso, “nunca hay invierno”.

Un buen trabajo sería ayudarles a descubrir esas promesas que se esconden por los rincones de la propia vida. En ellas se esconden las más valiosas razones para esperar. Y están más cerca de lo que imaginan: Desde el prodigio del sol o de la lluvia a la amistad con alguien, pasando por un vaso de agua, la música y el revoloteo de un pajarillo que nos invita a revolotear, por más que -como rubrica la película El coro– “para aprender a volar, hay que caerse”. Nos hemos de ayudar entre todos, para dejar que Dios ensanche nuestros deseos de ratón.

Juan Carlos Martos, cmf

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