Dice Claret en el nº 335 de la Autobiografía: “Si había una tempestad de rayos y truenos, me hacía pensar en el juicio y hablar de aquel día grande”. Quizá no sea la imagen más apropiada para la sensibilidad moderna por todo lo que tiene de aterradora y no creo que la llegue a utilizar en mi predicación, pero quedémonos con el fin que pretende: zarandear las conciencias aletargadas por el relativismo moral.

                La idea de juicio de Dios nos inquieta por dos motivos: el desorden de nuestra vida y porque estamos muy influidos por la precaria injusticia que impartimos los hombres. El miedo al juicio de Dios se esfuma si nuestra vida está en orden con su voluntad y tomamos conciencia que el mayor ingrediente de la justicia divina es la misericordia,como dice el apóstol Santiago “La misericordia se ríe del juicio” (Sant 2,13).

                Es justo y necesario un juicio de Dios, y no lo digo como motivo de condena para nadie, sino como aquella acción de Dios que desagravie tantas vidas anuladas y avasalladas por los poderes de este mundo. ¿No es esto lo que nos revela la Escritura con el pasaje del rico y el pobre Lázaro (cf. Lc 16,19-31) o aquella parábola de la separación de las ovejas de las cabras (cf. Mt 25,31-46)? ¿No es esto también lo que María nos recuerda en el Magníficat cuando dice: “El hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos” (Lc 1,51-53)? No estamos acostumbrados a ver cómo pende “la espada de Damocles” sobre nuestras cabezas, y esto nos lleva a vivir con una hiriente laxitud moral. Por eso es bueno recordarnos que, en caso de conflicto, Dios se pone de parte de los más pobres y débiles de nuestro mundo.

                El filósofo francés Jean Guitton tiene un bonito catecismo en el que expone de manera sencilla la doctrina cristiana dialogando con un niño. Después de exponer la doctrina sobre el juicio final, el niño le dice: “Esto que me dice me da miedo, y usted no debería dar miedo a los niños”; a lo que el filósofo cristiano le responde: “Esto que tú me dices no es razonable. Si tuvieras una enfermedad grave y yo, por no darte miedo, rehusara darte un remedio o hacerte una operación, no obraría bien. Debes ser lo bastante valiente para ver lo que arriesgas cuando obras mal. La conciencia te dice que nada se oculta a los ojos de Dios, y sabes que en el último día todo será revelado”.

                En definitiva, quisiera, con esta reflexión, animarnos a que no andemos “a medias tintas” y apostemos firmemente por Dios y por todo lo que implica de amor y respeto al prójimo. Decía Fiódor Dostoyevski por boca de uno de los personajes en su libro “Los hermanos Karamazov”: “Si Dios no existe, todo está permitido”. Pues bien, hemos de saber que Dios existe y no podemos actuar de cualquier manera.

                Revisa tu vida, corrige lo que tengas que corregir, y mira al igual que Claret el día del juicio como “aquel día grande” en el que el Amor triunfará frente al mal, de manera que “Dios será todo en todos” (1Co 15,28).

 

Juan Antonio Lamarca, cmf.

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