Todos estamos llamados a ser santos. Y el Espíritu del Padre y del Hijo (ahora que tenemos reciente la fiesta de Pentecostés), sigue actuando, inspirando privadamente, a cuantos se toman en serio la encarnación del Verbo en su vida, como se hizo en María.

En este comienzo de Junio, una nube de testigos (mártires) nos rodea: Justino, Teófilo, Marcelino, Carlos, Bonifacio…, cuyas virtudes, dones del Espíritu, conviene destacar con brevedad. El significado de sus nombres son ya elocuentes: “justo”, “amigo de Dios”, “luchador”, “querido”, “bienhechor”…

JUSTINO, padre de la Iglesia, igual que Marcelino, fue condenado a muerte por “ateo” en el siglo II y CARLOS LWANGA, protomártir de Uganda en el siglo XIX, junto a una veintena de compañeros, degollados o quemados por negarse a satisfacer los impuros deseos del monarca.

Pero nos detenemos en San Bonifiacio. El nombre auténtico de este último, Bonifacio, era “Sifrido”, pero el papa le impuso un nombre nuevo: “el que hace el bien”. Y así hizo, construyendo templos por toda Alemania y ofreciendo su propio cuerpo en holocausto (“obras son amores”). El “Apóstol de Alemania” se le llama.

¿Y tú? ¿Te apuntas a ir por la vida haciendo el bien, siendo testigo de tu fe? 

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