“El que recibe a mi enviado me recibe a mí”. 

Pensamos que los enviados de Dios han de ser personas extraordinarias. Personas sabias y santas que conozcan sus caminos y nos los muestren a los demás. Ciertamente que Dios se vale muchas veces de esas personas para enseñar sus caminos y hacernos ver su voluntad. Pero no suele ser lo más corriente. Las cosas de Dios son muy sencillas. El sencillo gesto de Jesús de lavar los pies a sus discípulos es una Palabra elocuente de Dios. 

También son enviados de Dios los hechos, las palabras, los acontecimientos… Y hemos de recibir todo esto como “enviados de Dios” y no sólo a las personas, que también lo somos. 

Toda persona que hoy te cruces en tu camino es un “enviado” de Dios para tí. 

Lee también su Palabra en todo lo que ocurra, en todo lo que veas y en todo lo que oigas. 

Y ten presente que también tú eres un enviado de Dios para los demás. Que todos, desde tí y por tí, vean y oigan hoy la Palabra del Señor.

Buenos días.

Antonio Sanjuán, cmf

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