Cuenta Wasghinton Irving en sus crónicas sobre la conquista de Granada que existió un tal Ibrahim, tipo rudo, hispano y musulmán, que alcanzó el cielo en la tierra al descubrir los ojos de la bella Morayma. Con la hija de Alí-Atar compartió paseos y apellido, cantos y lucha. Se amaban. Año mil cuatrocientos setenta y dos.

Un día, nadie sabe si en Lucena o en Loja, si durante la batalla o tras ella, Ibrahim Aliatar cayó, sembrando en tierra la historia de un encuentro que fue. Se amaron. Año mil cuatrocientos setenta y tres.

Desde entonces, aquella tierra guarda el recuerdo de un amor que nunca está ausente de batallas, que necesita de los ojos del otro para descubrir la propia verdad, que abre la historia al futuro en el encuentro de dos que se buscan. Lo supo aquel joven que, enfrentado a la mirada de un hombre, descubrió los ojos del Dios cristiano. Perdón, dijo el chico en la casa de Aliatar. Te perdono, recibió como respuesta. Año mil novecientos noventa y nueve.Y, como él, tantos. También en este milenio.

El suelo que pisamos es sagrado, por eso conviene a veces descalzarse y tocar, sin intermediarios, el barro donde han amado, siglos atrás, musulmanes, judíos y cristianos…

Leave a Reply

You must be logged in to post a comment.