En una reflexión pasada vimos como Claret designaba con el término “saeta” la Palabra de Dios, pero también utiliza el término para designarse a sí mismo, como el misionero puesto en manos de María para ser arrojado contra las fuerzas del mal. Lo hace en una oración que rezaba al comienzo de cada misión y que es una síntesis de su espíritu misionero:

“¡Oh Virgen y Madre de Dios! Bien sabéis que soy hijo y ministro vuestro, formado por vos misma en la fragua de vuestra misericordia y amor. Yo soy como una saeta puesta en vuestra mano poderosa; arrojadme, madre mía, con toda la fuerza de vuestro brazo contra las fuerzas del mal” (Versión actualizada a una sensibilidad más actual del nº 270 de la Autobiografía).

A mediados de los años 60 se apodó a uno de los más grandes futbolistas del s. XX, Alfredo Di Stéfano, como “la saeta rubia”. Con este apodo se significaba su rapidez y efectividad en el remate. No pocos partidos se ganaron por la intrepidez de este ariete blanco.

El misionero ha de ser como una saeta: dispuesto, ágil y ligero. Al igual que la saeta está en todo momento dispuesta a ser utilizada por el arquero, así ha de ser el misionero en manos de María.

La saeta o flecha tiene los siguientes elementos que nos pueden ayudar a entender mejor nuestra condición de bautizados:

  • La punta es el amor de Dios que hiere. El misionero ha de estar lleno de amor de Dios y de amor al prójimo. Sin este amor seremos como “metal que resuena o címbalo que aturde” (1Co 13,1)
  • El astil es la parte más larga y le da consistencia y flexibilidad. La longitud ha de ser equilibrada: corta no alcanza apenas ningún objetivo, excesivamente larga tampoco. Nosotros debemos tener también un equilibrio psicológico probado en el dolor y el sufrimiento para soportar las contrariedades y dificultades de la misión y llegar bien lejos en el plan apostólico de Dios.
  • Las plumas le dan estabilidad a la saeta. Nuestra estabilidad está en los dones que hemos recibido del Espíritu Santo y que debemos desplegar en todo momento.
  • El culatín es la pieza con la que termina la saeta, detrás de las plumas, y hace que se adapte para su sujeción a la cuerda del arco; esta pieza permite la tensión necesaria para alcanzar distancia y se deja agarrar por el arquero. Para nosotros sería la oración del misionero que se pone en manos de María.

¿Y tú? ¿Estás dispuesto a ponerte en manos de María como saeta dispuesta, ágil y ligera para ganar este partido del Señor?

Juan Antonio Lamarca, cmf.

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