En el boletín de nuestra Provincia claretiana de Bética existe una sección dedicada a recordar a los claretianos fallecidos. También en el “Área CMF” de la web de la Congregación (claret.org) muestra un primer plano en foto de cada claretiano tras su defunción. Por ese lugar han desfilado ya muchos hermanos. Es verdad que esas noticias no ocupan un lugar preferente en nuestras publicaciones, pero nunca están relegadas a un rincón perdido. Más aún, diariamente leemos en cada comunidad el nombre de los claretianos cuyo aniversario de fallecimiento se celebra en ese día.

Conocí a quien estuvo tentado de suprimir de un plumazo esas rutinas por inútiles. La mayoría siempre nos opusimos a la “conspiración de silencio” que se da en la actualidad ante los muertos. Sin expresarlo sentíamos que ese recuerdo permanente de los que se fueron era como una vela pascual que debíamos mantener siempre encendida.

Esas vidas merecen ser traídas repetidamente a nuestra memoria. Lo verdaderamente importante de un obituario, sea cual sea su formato, es mantener ardiendo la esperanza que da razón a nuestra vida. Nuestro Necrologio nos recuerda a diario la indestructible victoria de Cristo.

  • Nuestra vida no se termina con la muerte. Se transforma en otro tipo de existencia, tan real como invisible. Nuestros difuntos, aunque ya invisibles, no están ausentes. Ellos nos ayudan a activar la gratitud y desempolvar la fe en una relación directa y misteriosa, pero verdadera y fecunda. Nos estimulan, con su testimonio, a custodiar el rescoldo del amor de Dios que es más fuerte que la muerte.
  • La ultimidad da sentido a esta historia nuestra. La muerte no es un agujero negro definitivo. No viajaremos al País de la Nada, para disolvernos como una sombra en el olvido. La muerte no es tampoco una extinción final, que devuelve el puñado de materia que hemos sido a la madre tierra para ser reciclado por otro ser vivo. La muerte es otra cosa: es la puerta del cielo. Ante esa “puerta santa” está María rogando por cada uno de nosotros, como pedimos en cada avemaría.
  • Esperamos un mundo nuevo. El Necrologio subsiste por la certeza de que nos espera algo muy distinto de lo vivido aquí abajo. Gritaremos con el poeta: “¡Detente instante,…eres tan bello!”. Esa idea es la menos inadecuada que podemos hacernos de lo que esperamos: Un instante que desearíamos que no acabara nunca y que, a diferencia de los instantes de aquí abajo, no terminará jamás.

 

Juan Carlos Martos, cmf

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