Detengámonos en dos grandes tentaciones -¿sólo dos?- de la vida humana: la que nos incita a adorarnos a nosotros mismos y la que nos empuja a autodespreciarnos. Tal vez el noventa y cinco por ciento de la Humanidad cae en uno de estas dos trampas. O acaso en las dos, simultánea o sucesivamente.

  • Adorarse a sí mismo es tarea placentera. Una imagen idolatrada de nosotros mismos nos empuja a exhibirnos ante los demás con orgullo y petulancia. Hambreamos admiración y aplausos. Tienta incluso a quienes objetivamente no tienen muchos motivos para esa auto-adoración.

  • Peor son los que se odian a sí mismos. Son millones. Hombres y mujeres que no se perdonan por no haber alcanzado todos sus sueños, gentes que están decepcionadas de sí mismas y convierten su decepción en amargura y resentimiento contra otros.

Aunque no lo parezca, no es nada fácil amarse a sí mismo, aceptarse como se es, luchando por ser lo mejor que se pueda, pero sabiendo siempre que esa mejoría la alcanzamos siendo feos como somos, gordos como somos y vulgares como somos. Dios, al mandar que amásemos al prójimo como a nosotros mismos, nos estaba mandando también que nos amásemos a nosotros mismos como al prójimo. Cosa ésta no menos difícil.

El noventa por ciento de los violentos son gente que está rabiosa consigo misma. Casi todos los que odian a alguien han empezado por detestarse a sí mismos.

Por contra, necesitamos aprender a reírnos un poco de nosotros mismos. Es un arte siempre que esa sonrisa surja de una mirada compasiva, no ingenua, sobre nosotros mismos. Como la que los padres dirigen a sus hijos más pequeños y a ésa con la que Dios contempla a los hombres y a las mujeres.

Es éste un arte bien difícil. Sólo se alcanza, si es que nos llega, cuando hayamos conseguido una aceptación positiva de nosotros mismos. Deberíamos colgarnos un borrador en el corazón, para recordarnos que estamos en construcción, que nada es definitivo ni irrepetible. Y que, en todo caso, todo puede ser mejorado y multiplicado. Cuando se nos congelan las entrañas y las ideas, envejecemos y empezamos a ser juguetes de la amargura.

Hay que pedirle a Dios todos los días tener corazón de idealistas (para que siempre arda dentro el deseo de ser más y mejor de lo que somos) y la cabeza de payasos (para no avinagrarnos cuando cada noche descubrimos lo poco que en ese crecimiento hemos conseguido).

Juan Carlos Martos, cmf

Leave a Reply

You must be logged in to post a comment.