Paseaban juntos y distantes aquel otoño. Caminaban sobre el albero de un recinto que en otro tiempo albergó fiestas. Nadie escuchó nada. Ningún perro anticipó el desastre. Sólo él, en su cabeza, movía y removía las palabras en busca de una frase sincera, directa y suave. No la encontró.

Ella no sabía nada. No esperaba nada. El sol de la tarde se le ocultó de repente, y el frío le recorrió el alma. El invierno llegó sin avisar.

El viento cesó. Los árboles, helados, no movieron sus ramas. No quedó una flor en aquel albero agrietado. Los ruidos callaron, y al edificio más cercano se le escapó una lágrima por la ventana del octavo piso.

Los coches aminoraron el ritmo y trataron de ver, con sus faros, qué podría haber pasado. Los semáforos, todos a una, activaron el rojo: desde arriba todo se percibe mejor. Los bolígrafos encontraron, de repente, los capuchones perdidos: nunca más escribirían. Era el fin.

¿Qué invierno era aquél? ¿Por qué tanto frío? ¿Por qué al cuaderno le desaparecieron las páginas en blanco? ¿Por qué su historia se quedó sin trama?

Su amor se convirtió en lejanía. En un instante de cuatro palabras se rodó su última escena, y aquellos actores abandonaron, confusos, el escenario. Ya no te quiero.

Necesitaron meses para borrar del todo los restos del maquillaje y los gestos del personaje que, por un tiempo, tan bien creyeron interpretar. La obra, como todas las que no acaban en final feliz, dejó profunda huella en quienes acudieron al estreno. También en ellos, que años después, y pese a haber encontrado un guion mejor, aún se reconocen al recorrer aquel recinto en que se dijeron adiós y al recordar las cuatro palabras con las que el teatro dejó paso a la vida.

Martín Areta, cmf

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