Descubro que -salvo contadas excepciones- en cada ser humano suelen coexistir dos tendencias: Vivir anclados al pasado o vivir magnetizados por el futuro. De ahí nacen dos formas de huir de la realidad. Dos maneras de no estar verdaderamente vivos.

Las cadenas que atan al pasado son muy resistentes: un fracaso o a una herida pueden robar para siempre la alegría de vivir. Muchos quedaron amargados porque tuvieron un fracaso, les dio calabazas el novio, o no consiguieron una ansiada meta. Desde entonces, no se lo han perdonado y, paralizados, dan vueltas al ayer como un perro a un hueso. Son estatuas de sal que no logran vivir el presente de tanto mirar hacia atrás.

Parientes próximos de éstos son los nostálgicos: Como no les gusta el presente y no tienen agallas para cambiarlo, se refugian en recuerdos del pasado y se pasan las horas repasándolos como caramelos de morfina. Pero ¿hay algo más inútil que la nostalgia? La Biblia llamó, hace muchos siglos, «necios» a quienes siguen preguntándose por qué siempre el tiempo pasado fue mejor.

Por otra parte, hay quienes viven aterrados ante el futuro. No tienen coraje para asumirlo y se trasladan al país virtual de sus sueños para sobrevivir. Asombrosamente ese pánico al porvenir, enfermedad típica de viejos, se puede convertir en peste juvenil. Les han hablado tanto de dificultades y riesgos que se lo han creído hasta convertirse en víctimas del pánico al futuro. El miedo les atenaza como las arañas que primero anestesian e inmovilizan a las moscas que cazan, para comérselas más tarde.

Y encadenados al futuro -aunque desde el extremo opuesto- están quienes viven preparándose para una felicidad que dicen que llegará, pero que de momento no les permite disfrutar de las pequeñas felicidades que ya están viniendo. Son los que se pasan la vida retrasándola. Primero piensan que llegará la dicha cuando terminen la carrera. Luego, cuando encuentren trabajo. A continuación, cuando formen una familia. Más tarde, cuando llegue la jubilación. No se dan cuenta de que quien repite cuatro veces que la felicidad vendrá mañana, la quinta vez dice que no llegará jamás. Los sueños excesivos son casi siempre prólogo de frustraciones.

¿Cómo gritar que la única manera de estar vivos es vivir en el presente? ¡No hay manera de ser felices si no es siéndolo hoy! La huida al pasado o al futuro son eso, fugas. El pasado pasó. Ya sólo sirve para subirse encima de él y mirar mejor hacia adelante. El futuro no existe aún. Vendrá de las manos de Dios y en ellas ha de dejarse. Nuestra única tarea es el presente, esta hora, ésta. Dios mismo no nos espera en el mañana. Se cruzará hoy con nosotros. Nuestra misma resurrección ha comenzado en este momento que vivimos ahora. Ahora es la hora.

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