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PRÁCTICA DE LA LECTIO DIVINA EN GRUPO

30 de Abril de 2017: DOMINGO III de PASCUA

Disposición espiritual.

Haz silencio, exterior e interior. Invoca al Espíritu Santo con esta u otra oración: ¡Oh Señor Jesús!; te pido la alegría de comprender puramente tus palabras, inspiradas por tu Santo Espíritu. Amén.

Texto: Lc 24, 13-35

1. Lectura (lectio). Lo que el texto dice

Lee y relee tranquila y detenidamente este pasaje bíblico fijándote bien en todos los detalles. Descubre sus recursos literarios, las acciones, los verbos, los sujetos, el ambiente descrito, su mensaje. Tras un momento de silencio descubrimos juntos qué dice el texto.

Este relato, exclusivo de Lucas, presenta a dos discípulos desconocidos, que han perdido la fe en Jesús por el escándalo de la cruz (Lc 24,21). Jesús se les hace el encontradizo en su camino de decepción y les explica las Escrituras. Ellos lo reconocen en el gesto de partir el pan. En el tiempo de la Iglesia, los discípulos de Jesús hemos de abandonar también la idea de un Mesías poderoso y nacionalista (Lc 24,19.21) para creer en un Mesías que por el sufrimiento entra en la gloria (Lc 24,26). Lucas es el único autor del Nuevo Testamento que habla explícitamente del Mesías sufriente (Lc 24,46; Hch 3,18; 17,3; 26,23). Este título como tal no se encuentra en el Antiguo Testamento ni en la literatura judía anterior al período del Nuevo Testamento. El tema se encuentra ya en Mc 8,31-33, pero allí no aparece todavía el título del Mesías.

Este relato resume y describe el camino catequético-litúrgico de la comunidad lucana. El desarrollo de la misma narración nos lo describe gráficamente (véase un relato lucano similar en Hch 8,26-40). Los ojos de los discípulos de Emaús no podían reconocer a Jesús resucitado, estaban cerrados. Las esperanzas puestas en Jesús habían quedado frustadas. Era necesaria una “mirada” especial para reconocer al resucitado. Su fe sólo alcanzaba a ver en Jesús a un profeta de Dios. Su tristeza expresa el fracaso de sus expectativas mesiánicas. La cruz era para ellos el fin de toda esperanza. Interrogados por Jesús sobre lo ocurrido en Jerusalén, los dos personajes nos dan una síntesis de la proclamación eclesial sobre Jesús, pero sólo hasta la muerte (Lc 24,19-24). Falta en su descripción la fe en el Señor resucitado, aunque conocen la tradición de la tumba vacía. Sólo el encuentro con el Resucitado puede dar sentido al escándalo de la cruz (1 Cor 1,18-25). Sin embargo, la explicación que da Jesús de la Escritura, hace que su corazón arda nuevamente, y así pueden reconocerle al partir el pan. Las palabras con las que se describe este último gesto nos evocan la Eucaristía de la Iglesia primitiva. Con ello Lucas quiere recordar a los miembros de su comunidad que al romper el pan (Hch 2,42.46; 20,7.11) el encuentro con el resucitado era siempre posible, como les ocurrió a los discípulos de Emaús.

Quiere así este relato responder también a una pregunta que se hacían los miembros de la comunidad lucana y que es todavía pertinente. Si Jesús ha resucitado y está vivo, ¿dónde puedo encontrarlo? La respuesta de Lucas es que si Jesús no se revela hoy como viviente es porque nuestro corazón no está plenamente abierto. Jesús camina muchas veces junto a nosotros como un desconocido (Lc 24,16; ver Mt 25,31-46), y para reconocerlo tenemos que dejarnos guiar por su palabra leída muchas veces en la celebración de la Eucaristía. Entonces se abrirán nuestros ojos y le reconoceremos (Lc 24,31).

2. Meditación (meditatio). Lo que el texto me dice

Permite que lo leído baje hasta el corazón y encuentre en él un centro de acogida donde pueda resonar con todas las vibraciones posibles. Es Dios mismo quien te atrae y te habla al corazón. Se trata de una “rumia” -ruminatio- que va haciendo que la Palabra vaya calando dentro, hasta quedar del todo hecha carne propia. Déjate seducir por la Palabra. Sigue sus hondos impulsos. Quédate con algún verso o frase.

Caminando hacia Emaús hemos aprendido que el Resucitado nos sigue saliendo al paso en el camino de la vida, en la escucha de la Palabra, en la acogida del otro, en la fracción del pan y en la comunidad de los discípulos donde se proclama que el sigue vivo. Y todas esas presencias se condensan cada vez que celebramos la eucaristía y rehacemos en ella nuestro seguimiento cristiano.

Se les abrieron los ojos y lo reconocieron”: ¿Qué semejanzas hay entre el proceso de fe de los de Emaús y el tuyo? ¿Dónde reconoces la presencia del Resucitado? ¿Cuándo se te ofuscan los ojos y te cuesta verle en tu camino?

Nosotros esperábamos…” ¿Cómo reaccionas cuando se frustan tus expectativas? ¿Cómo te ayuda el camino de Emaús a encontrar motivos de verdadera esperanza?

3. Oración (oratio). Lo que yo digo a Dios y lo que Dios me dice a partir del texto.

Habla ahora a Dios. La oración es la respuesta a las sugerencias e inspiraciones, al mensaje que Dios te ha dirigido en su Palabra. Haz silencio dentro de ti y acoge las palabras de Jesús en tu corazón. Ora con sinceridad con confianza. Orar es permitir que la Palabra, acogida en el corazón, se exprese con los sentimientos que ella misma suscita: acción de gracias, alabanza, adoración, súplica, arrepentimiento… Es el momento de la celebración personal y comunitaria. Sobre todo, deja hablar a Dios nuestro Padre. Practicando estas palabras, terminarás por transformarte en El

Quédate con nosotros, Señor. Hazte nuestro compañero de camino. Continúa saliendo al paso de nuestras decepciones y abandonos. No dejes de iluminarnos con tu Palabra ni de alimentarnos con tu pan. Enciende nuestros corazones y ábrenos los ojos para reconocer tu presencia en medio de la comunidad que anuncia que estás vivo.

Compartimos nuestra ORACIÓN.

Cantamos: QUÉDATE CON NOSOTROS LA TARDE ESTÁ CAYENDO. QUÉDATE.

¿Cómo te encontraremos al declinar el día

si tu camino no es nuestro camino?

Detente con nosotros la mesa está servida,

caliente el pan y envejecido el vino.

¿Cómo sabremos que eres un hombre entre los hombres

si no compartes nuestra mesa humilde?

Repártenos tu cuerpo y el gozo irá alejando

la oscuridad que pesa sobre el hombre.

4. Acción misionera (actio). Hágase en mi según tu palabra

Todo encuentro con el Señor de la vida, presente en su Palabra, culmina en la misión. Hay que cumplir la Palabra, para no ser condenado por ella. La Palabra, si se ha hecho con sinceridad los pasos anteriores, posee luz suficiente para iluminar nuestra vida, y fuerza para ser llevada a la práctica. El fruto esencial de la Palabra es la caridad. Deberíamos acabar pronunciando las palabras de la entrega misionera del profeta ante el Señor, que pide nuestra colaboración : “Aquí estoy, envíame” (Is 6,8). María, tras escuchar la Palabra y darle su aceptación, se puso en camino (Lc 1,39).

…lo habían reconocido al partir el pan”: ¿De qué manera deberíamos celebrar la eucaristía para poder reconocer en ella la presencia del Señor?

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