Para entender el misterio de la resurrección y sus repercusiones en nosotros nos puede servir la siguiente historia. En este breve relato vemos cómo se traduce ese misterio en un hecho real y cercano. Nos muestra sin aspavientos ni prodigios una clave que nos permite entender algo de la transformación pascual.

Se cuenta esta historia de un joven que acudía diariamente a cuidar a su padre. Éste se encontraba ya al borde de la muerte a pesar de que todavía era relativamente joven. Padecía un cáncer cruel que le abocaba a una muerte inmediata y muy dura. La enfermedad terminal había consumido su cuerpo y ahora, aunque los médicos le habían pronosticado menos tiempo de vida, atado a la cama del hospital, se aferraba todavía a su existencia temporal. Su cuerpo lleno de tubos era la imagen de un auténtico desecho humano, en el que solo brillaban los ojos. Pese a la cantidad de morfina que le suministraban, los dolores apenas si le abandonaban en su lenta agonía.

Todas las noches, después del trabajo, venía el hijo a visitarle y cuidarle. Se sentaba junto a la cama, le sostenía la mano y miraba impotente cómo padecía su padre. Esto se prolongaba más de lo imaginable por un cierto número de días que parecían desesperadamente interminables.

Por fin, una noche, sentado en su mismo lugar de siempre, el hijo se atrevió a decirle a su padre: “¡Papá, entrégate! ¡Confía en Dios y muere en paz! Cualquier cosa es mejor que lo que estás viviendo”. A los pocos minutos, el padre con una inexplicable y remansada tranquilidad, murió con paz.

Entonces se dio cuenta de que sus palabras habían transmitido una verdad muy importante a su padre. Una verdad sobre lo que supone entregarse y confiar en Dios contra toda esperanza. Aquel hombre, ayudado a morir por su hijo, que de veras lo quería, había padecido su Viernes Santo. Y alentado por él hizo como Jesús: fue finalmente capaz de devolver su espíritu al Padre celestial.

El misterio pascual es el misterio de cómo nosotros, después de haber atravesado por alguna especie de muerte –la que nos toque-, estamos emplazados a desmayar nuestra alma en las manos grandes del Padre para recibir una vida nueva y un espíritu nuevo. Y esto no es asunto del final de la existencia… sino cada vez que nos visita la vida exigiéndonos una renuncia o anunciándonos una pérdida.

Juan Carlos Martos, cmf

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