Una “gota” más para refrescar nuestra relación con Dios… la saeta.

Para el andaluz, y más si es “capillita”, la saeta tiene connotaciones “semanasanteras”; es un tipo de copla flamenca, caracterizado por un “quejío” desgarrador, que se le dedica a imágenes procesionales. Lo más probable es que Claret desconociese este cante jondo de las tierras del sur de España.

Cuando utiliza el término saeta se refiere a un modelo de flecha. Pues bien, ésta tiene para él dos significados simbólicos: el misionero puesto en manos de María para ser arrojado contra las fuerzas del mal y la Palabra de Dios. En esta ocasión contemplaremos la segunda acepción del término.

Recordando la reflexión anterior, Claret se halla absorbido por los pensamientos en torno a la fabricación que le descentran de Dios y desengañado por una serie de acontecimientos traumáticos que sufre como seglar. Es en este momento cuando dice: “En medio de esta barahúnda de cosas, estando oyendo la santa Misa, me acordé de haber leído desde muy niño aquellas palabras del Evangelio: ¿De qué le aprovecha al hombre el ganar todo el mundo si finalmente pierde su alma? Esta sentencia me causó una profunda impresión… fue para mí una saeta que me hirió el corazón; yo pensaba y discurría qué haría, pero no acertaba” (Aut. 68).

Me recuerda una figura que, aunque no tiene nada de cristiana pues su origen viene de la mitología griega, es fuertemente evocadora en esta escena de Claret: Cupido, el ángel del amor, ha lanzado su flecha dando en el centro de la diana, el corazón de Claret. La saeta le ha dejado profundamente herido. A partir de estos momentos Claret por amor emprenderá una aventura insospechada.

Cuando disponemos el corazón y dejamos de deslizarnos en la superficie de la vida, buscando sinceramente la verdad, la Palabra de Dios deja una profunda herida, paradójicamente para sanar y revitalizar todo lo que en nuestra vida está enfermo o necrosado. Así lo expresó también el místico de Fontiveros: “¿Adónde te escondiste, / Amado, y me dejaste con gemido? / Como el ciervo huiste / habiéndome herido; / salí tras ti clamando, y eras ido” (CE 1).

“La Palabra de Dios no está encadenada” (2Tm 2,9). La Palabra de Dios está suelta. Es libre. Vuela… y si no te escondes, te encuentra. Allí donde estés, hagas lo que hagas, ¡exponte a la Palabra!, ¡déjate herir y traspasar por ella! Deja que transforme tu vida distraída, despreocupada, en una vida comprometida y entregada por la causa del Reino.

Para. Lee el Evangelio del día y haz que repose durante cinco minutos. Para empezar, si eres constante, basta.

Juan Antonio Lamarca cmf.

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