Claret se encuentra en estos momentos en Barcelona, y su destreza en la fabricación de tejidos promete hacer de él un exitoso empresario. No ha desconectado del todo de sus prácticas de piedad… pero cuando va a celebrar la eucaristía siente como le viene un constante oleaje de nuevas ideas para la fabricación que le descentran de Dios. Intenta apartar estos pensamientos, pero no puede. Él lo expresa así: “Eran inútiles mis esfuerzos, a la manera de una rueda que anda muy aprisa, que repentinamente no se puede detener… tenía más máquinas en la cabeza que santos no había en el altar” (Aut. 67).

La agitación y el ruido es una de las mayores conquistas de la sociedad moderna que comienza con la industrialización. Se trata de una agitación que nos impide tener un encuentro y diálogo sereno con Dios. Dice el salmista: “la agitación no me deja hablar” (Sal 77 [76],5). Hablar con Dios solo es posible desde la serenidad (cf. 1Re 19,12).

Pero hallar esta serenidad no es fácil; sobre nosotros ejerce una fuerte presión el rendimiento. Se impone la ley del hacer, hacer y hacer. Es una ley implacable, que reza así: “si no rindes, no vales”. Tiene mucho de diabólica esta ley que nos juzga por lo que hacemos y no por lo que somos, hijos amados de Dios. Pretende que seamos nosotros los que edifiquemos nuestra imagen; y cuando nos damos cuenta, nos hemos convertido en frías máquinas que hemos dejado al margen lo verdaderamente importante… la familia, los amigos, Dios… en definitiva, la vida.

Que nadie saque la conclusión que pretendo demonizar la actividad. No, ni mucho menos. La actividad es necesaria, no hemos venido a este mundo para vegetar. Se trata de una actividad equilibrada y con sentido, que no nos descentre de “lo verdaderamente importante” en nuestras vidas.

Claret supo parar esta “rueda”: “Se despertaron en mí los fervores de piedad y devoción, abrí los ojos, y conocí los peligros por donde había pasado de cuerpo y alma”. Y tú, ¿eres capaz de parar tu “rueda” y abrir los ojos para dedicarle más tiempo a la oración y a los tuyos?

Juan Antonio Lamarca, cmf

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