(Desde abajo)

En estos años el olvido se llevó casi todo. Lo poco que quedaba de recuerdo asaltó mi memoria y me sacudió el alma. Era el abuelo.

Se perdió todo lo que nunca me dijo; tal vez yo era muy niña para saber. Se fue todo lo que no pregunté. Queda la herida, pero no sólo. Permanecen también sus orejas inmensas y su gigante nariz. Qué grandes son las cosas cuando eres pequeña, cuando el pasado es ligero y el futuro no supone todavía una amenaza. Los verdes más verdes. La música más alegre. La libertad más plena. Los días largos. Las noches, apenas un viento.

Cuando estábamos en el campo, todo era más especial todavía. Cuando sonaba la furgoneta, yo lo dejaba todo: la música, el columpio, las flores y los juegos, y salía corriendo. Sabía que él me esperaba, con la sonrisa amplia, unas monedas guardadas y el brazo tendido. Entonces, al llegar a su lado, me agarraba de su mano para tirar de él. Eran unos metros que se hacían eternos: los que me separaban del ansiado chocolate que, en secreto, su amor pícaro me regalaba…

(Desde arriba)

Aquellos años el amor me visitó de repente. Cuando creía que nada me quedaba por vivir, apareció ella. Era mi nieta.

Guardo en el corazón cada uno de sus pasos, sus besos, sus palabras. Guardo la pena de no haberle dado algún consejo. Qué complicado se ha vuelto el mundo. Tal vez sea ya un poco tarde. Un abismo nos separa. O puede que no.

Yo había pasado demasiado tiempo luchando por un futuro mejor, atesorando batallas, acumulando golpes. Cómo pesan la vida y la rutina. Todo se vuelve gris, y hasta bailar se convierte en una actividad de riesgo. Los días se suceden uno tras otro. Las noches duelen. Pero ella llegó. Qué guapa era. Tan pequeña. Tan alegre. Tan despierta. Me rejuveneció vida y media.

Cuando me visitaba, todo se llenaba de vida. Por eso, cada mañana, un rato antes de que llegara el panadero, yo salía y me acercaba a la puerta. A esperarlo. A esperarla. Sabía que, cuando ella escuchara el sonido, vendría corriendo junto a mí, en busca del chocolate.

Y así sucedía. Ella corría ansiosa, como tirando de mí. Yo trataba de calmarla con mi sonrisa, queriendo alargar aquellos metros mientras, tal vez por última vez, acariciaba su mano. Tan viejo y arrugado como estaba y, sin embargo, lo más importante apenas había comenzado a aprenderlo. Su amor inocente se convirtió en el tesoro de mi vida…

Martín Areta, cmf

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