Los muertos son de verdad. Ellos nos esperan, respetuosos, sin juicios escondidos. Dejan delante de nosotros un hueco que podemos ocupar, un espacio sagrado en que toda respuesta encuentra su pregunta, en que cada lágrima es acogida y ninguna sonrisa miente.

Impulsada por el entorno, la chica cruzó en un instante el umbral invisible que la había mantenido tantos años a salvo de aquellos huesos. Trató de hablar, pero le fallaron el idioma y las palabras. Intentó rezar, pero se le oscurecieron los dogmas y el catecismo. Quiso preguntar, pero ya lo sabía.

Quedó en silencio, a la luz del fuego que le nacía por dentro. En aquellos restos encontró su apellido. En aquel amor, su llamada.

Lloró con los labios, sintiéndose pequeña.

Sonrió con lágrimas, sabiéndose abrazada.

Desde entonces, no ha cesado el temblor que le produjo escuchar, por vez primera, que no era huérfana…

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