Oro, incienso, joyas, cilicios, bordados, sambenitos. Todo un imaginario histórico asociado a una idea de poder y represión acude con frecuencia a la llamada de la palabra “Iglesia”. Una Iglesia desnaturalizada y folclórica, materialista, al servicio del poder terreno y de un Dios preocupado por vigilar y castigar. La Iglesia del pecado y la culpa, alejada de sí misma y del servicio a los demás. Al margen de esta idea y de este mundo, a pie de calle, a pie de selva, incómoda para el poderoso y retando al tópico, existe, sin embargo, una Iglesia del oprimido, transformadora, austera, entregada y comprometida. Un cristianismo valiente, arremangado, golpeado por los tiranos, la pobreza y la enfermedad. El de los templos de adobe y cañas, las cruces de madera, el humanismo sincero y las cuentas sin ceros. Manuel Ogalla, representante de esta Iglesia olvidada, forjado en un barrio deprimido de una ciudad deprimida, nos cuenta cómo entiende su religión y cómo entregó su vida al pueblo shona de Zimbabue.