“Testigos del Evangelio”, por Pedro Fuertes CMF


Reflexión

Testigos del Evangelio

pedro fuertes (*) 08.10.2013 | 23:00 LA PROVINCIA.

“No son los sociólogos, ni los psicólogos, ni los profesores, ni siquiera los teólogos, y menos los políticos, los que salvarán a España y al mundo; sino los santos”. (Manuel Azaña).

La vida tiene sus cosas; a veces, si no somos auténticos, demasiado crueles. Al principio todo era bueno. “Y vio Dios que todo era muy bueno” (Génesis, 1?). Pronto surgió el desencuentro. Abel fue fiel; Caín, egoísta. Y surgió la tremenda pregunta: ¿soy yo, acaso, el guardián de mi hermano? (Génesis, 4?) Y apareció el enfrentamiento que ha continuado a lo largo de los siglos. En Grecia nació la democracia. En Roma, el dominio? Nuestros clásicos hablaban de que el hombre es para el hombre un lobo, un enemigo. Siempre y cuando se dejara llevar por su “ego”, por sus ganas de poder. Gracián -con cierto pesimismo en el alma- podría aclararnos muchos de estos misterios.

Lo auténtico siempre estorba, siempre hiere. Y las etiquetas -digamos, egoísmos- se han desbordado alarmantemente. El siglo XX es heredero y claro exponente de tantas confrontaciones que fueron agrandándose, golpe a golpe, a través de los años. Enfrentamientos personales, políticos, filosóficos, sociales y también -es una pena- religiosos. Todo esto fue el caldo de cultivo para que algo -tan frágil- se rompiera alguna vez. Y se rompió, vaya que se rompió. Los sistemas no convencían. ¿Por qué? Porque faltaba educación, formación humana, comunicación, comprensión, generosidad. Y se acudía -casi con normalidad- a la lucha, a la violencia. Toda idea -en la que no haya amor- llevada al extremo, acaba en tragedia.

Y llegó la II República. En ella desembarcó todo lo bueno y lo malo de las “izquierdas” y de las “derechas”. No supimos vivir, convivir, dentro de los límites de una democracia ordenada. “Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces, pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir juntos como hermanos” (Martin Luther King). Las descalificaciones estaban a la orden del día. No se respetaban las normas democráticas. Las elecciones no eran tan limpias como todos esperaban, por uno y otro lado. La Iglesia no sabía a qué carta quedarse. Una cosa era cierta: que el ejemplo de Jesús estaba presente, cada día más claro. Lo que hicieron con Él, lo seguirán haciendo con sus discípulos. “Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan? por mi causa? alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos” (San Mateo, 5?). Jesús vino para los pobres, especialmente para los pobres, para los que se sienten pobres. Y no se daban cuenta. Ciertos grupos, que andaban fuera del sistema, se ensañaron con la Iglesia y con todo lo que “oliera” a religión. La Iglesia quería dialogar con el mundo, entrar en el pueblo con una “doctrina social” exigente, “progresista”, encarnada. Como Cristo. Estorbaba a cierta gente porque -en teoría-, quería ser auténtica. A pesar de sus sombras, tenía muchas más luces. Quería cerrar heridas, nunca abrirlas. Nunca.

Don Juan Negrín, antes de ser presidente, que tuvo un hermano claretiano -Heriberto-, calmó los temores de los Misioneros. Los acontecimientos que se intuían en el horizonte eran oscuros y nada halagüeños. Los Superiores, por si acaso, tenían apalabradas residencias para los estudiantes en Portugal, Andorra y Francia. El mismo don Juan Negrín quedó preocupado ante tanto desorden callejero, ante tanta tortura injustificada, ante tanta persecución sin sentido. Pensó que la situación no llegaría a más. Y llegó. Y los centros de formación claretianos de Zafra, Barbastro y Cervera fueron seminarios testigos de la fe -mártires-. Estudiantes, todos jóvenes, entre veinte y treinta años. Simplemente por ser creyentes, por ser “frailes”. Fueron tentados de muchos modos. Pudieron salvarse si desertaban de su condición de religiosos. Algunos, por tener familiares más o menos conocidos, renunciaron a dejar la Comunidad si no se salvaban todos. Todos. La Comunidad con todo lo que significaba de fe, de convivencia, de amor. Una fuerza interior estaba con ella. Las masas descontroladas, fanatizadas, dirigidas, gritaban: “¡Fuera! ¡Matarlos!” Y ellos, animándose unos a otros, respondían con fuerza y emoción, dando vivas a Jesús y a María. En la guerra de “todos los horrores”, sucedieron estas cosas. Y otras.

Los jóvenes claretianos del Seminario de Zafra-Badajoz- después de varios días de cárcel interior en Ciudad Real, suben al tren, dirección Madrid, el veintiocho de julio de 1936. Sin saberlo, sí lo presentían, iban calvario arriba, camino de la muerte, de la cruz, por ser creyentes, por ser religiosos. La “fobia” estaba servida. En la primera estación, Fernán Caballero, les ordenan bajar al andén y, allí mismo, son abatidos, ante el asombro de empleados ferroviarios, pasajeros? Eran catorce jóvenes llenos de ilusión y de vida. Dos meses más tarde se les une en el testimonio, a las puertas del cementerio, el Hermano Misionero Felipe González de Heredia que había quedado en la ciudad en casa de un familiar. Más allá de la muerte violenta, está la Vida Resucitada en la que creían a corazón abierto. Eran quince claretianos que murieron amando y perdonando. El amor no pasa nunca. Uno de los jóvenes había escrito unos días antes: Todos estábamos preparados para la muerte, que veíamos cercana? estábamos dispuesto a sufrir el martirio? mi compañero de celda me exhortaba a rogar por los perseguidores, por España, a que perdonásemos a nuestros enemigos. Todo una lección de Evangelio a las puertas de la muerte. Esta es la historia y el testimonio del Seminario Claretiano-Mártir- de Zafra en Fernán Caballero. Tan fuerte y tan ejemplar. Escenas como esta son dignas del mejor martirologio de la Iglesia de todos los tiempos.

Y en Sigüenza-Guadalajara- el padre José María Ruiz Cano, formador de seminaristas entre doce y dieciséis años. Se ofrece a todo -incluso a la muerte- con tal de que no hagan nada a los niños. Ha llegado uno de los momentos más trágicos de mi vida? El Colegio queda disuelto por unos días. No lloren. Por ahora no pasa nada. Los superiores han acordado esto por precaución. Irán saliendo en grupos hacia los pueblos inmediatos? todos se han ofrecido a darnos hospedaje. Unos irán a Palazuelo, otros a Guijosa, otros a Cubillas… Rezó una oración y, con voz plena y emocionada, exclamó: Si queréis, Madre, una víctima, aquí me tenéis a mí, pero no permitáis que hagan nada a estos inocentes, que no han hecho mal a nadie. Los sesenta niños lloraban desconsolados. Adiós, hijos míos. Y los bendijo. Era el veintisiete de julio de 1936.

A las pocas horas, en el coche, escoltado por dos milicianas, cae desplomado en la ladera del Otero, en Sigüenza. El Padre José María nació para ser bueno, vivió en la frontera de la fe, acogiendo; y murió en la frontera del amor, ofreciéndose. Su ejemplo sigue vivo y la luz de su vida sigue alumbrando.

Por encima de todo, fueron fieles a su fe, sin dar un paso atrás. Murieron perdonando y buscando la reconciliación. “No creo más que las historias cuyos testigos se dejarían matar” (Pascal). Estos testigos nos enseñan a leer el Evangelio de los sencillos, de los perseguidos por seguir a Jesús, nos enseñan a tomar el Evangelio por donde quema. Por ellos, el tiempo se hace cristiano. De esta manera, tocaban la utopía del Reino con la punta del alma. Hacemos memoria agradecidas de ellos que cayeron en el camino, “desabrochando el llanto, con los brazos abiertos en asumida cruz? con un oído puesto en el Evangelio y otro en el Pueblo” (Pedro Casaldáliga).

Ante este acontecimiento, el 13 de octubre, en Tarragona, que brote en todos un deseo de paz, de reconciliación en una comunidad cristiana que vive su fe y sabe respetar siempre, también a los que no están en la misma órbita. Que la justicia, inseparable de la fe, sea un signo profético, de amor y comprensión, metáfora de un mundo nuevo. Para que el mundo sea un plato como la luna / donde todos almorcemos (Neruda). Que sea un día de encuentros y no de divisiones.

Necesitamos nombres que sean cimas. Son veintitrés testigos de la fe -de los doscientos setenta y uno claretianos- de Sigüenza, de Fernán Caballero, de Tarragona… Murieron con un montón de perdón en los ojos y en el corazón. Así de sencillo, de hermoso, de aleccionador. Así…