BEATIFICACIÓN DE NUESTROS MÁRTIRES: P. JOSÉ Mª RUIZ CANO, DISCÍPULO DE CRISTO


Hoy nos detendremos en la figura del P. José Mª Ruiz Cano, mártir en Sigüenza. Su ejemplo nos ayudará a comprender mejor aquellas palabras de Jesús: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.”
Todos los que fuimos bautizados en Cristo hemos sido invitados a seguir al Maestro. Cargar con la cruz es una condición necesaria para llegar a la luz de la promesa.
El Mártir es un discípulo de Cristo. Los mártires no eligieron la cruz con que debían cargar, ellos sólo eligieron seguir al Señor de la vida. En el camino se produjeron situaciones que a los ojos de los hombres son difíciles de comprender, pero a los ojos de Dios son momentos de gracia.

Breve relato del martirio del P. José Mª Ruiz Cano
El P. José Mª Ruiz nos muestra de modo visible un modo de ser discípulo de Cristo cargando con la cruz de la solicitud para con los muchachos que la Providencia le habia confiado. Escuchemos la historia de su martirio.
El P. José Mª Ruiz Cano nació en Jerez de los Caballeros (Badajoz) el 3 de septiembre de 1906. Es el único sacerdote del grupo de Mártires de Sigüenza y Fernán Caballero. Generoso de espíritu y amable en el trato, sentía hacia la Virgen Madre una fervorosa devoción.
Un año después de ser ordenado sacerdote fue destinado al seminario claretiano de Sigüenza (Guadalajara) en calidad de formador. En Sigüenza le sorprendieron los trágicos días de la persecución religiosa en España de 1936.
Cuando el día 25 de julio la situación se hizo extremadamente difícil, ya que el Obispo y cuatro claretianos habían sido detenidos y condenados a muerte, el P. José Mª reunió a sus seminaristas en la capilla; “sería la una de la tarde”, dice el cronista testigo de los hechos. –“Quiso animarnos, pero no pudo contener las lágrimas”. -“No pasa nada, pero para prevenir lo que pudiera pasar, he de comunicarles con profunda pena que el Colegio queda disuelto por algunos días. No lloren. Por ahora no pasa nada. Los Superiores han acordado esto por precaución„ Irán saliendo en grupos hacia los pueblos inmediatos, puesto que todos se han ofrecido a darnos hospedaje.”
Presidiendo esta escena de tan difícil descripción se hallaba una hermosa imagen del Corazón de María con el Niño en brazos. Hacia ella dirigió el Padre su plegaria: “¡Oh Señora mía! ¡Oh Madre mía! Acordaos que soy todo vuestro, conservadme y defendedme como cosa y posesión vuestra”. Y luego, de rodillas y con los brazos en cruz tendidos hacia la Virgen, exclamó: “Si queréis, Madre, una víctima, aquí me tenéis; escogedme a mí, pero no permitáis que suceda nada a estos inocentes que no han hecho mal a nadie”.
Comenzó el éxodo del Seminario. El Siervo de Dios se puso al frente del grupo de los más pequeños.
-¡Adiós, Padre, hasta pronto!, le dijo al despedirse el Hno. Víctor.
-¡Hasta el cielo!, contestó el Siervo de Dios, y emprendió el camino del pequeño pueblo de Guijosa, a unos 7 Kms de Sigüenza.
Entraron en Guijosa al anochecer y fueron recibidos con los brazos abiertos por el párroco y todo el vecindario. Alguien advirtió al Padre que los niños estaban a salvo y que para él era mejor huir y salvar la vida. La respuesta, repetida varias veces, fue siempre la misma:
-“Aunque me descubran y me maten, no dejo a los niños”.
A Guijosa fueron a buscar al “Padre de los niños que habían huido de Sigüenza”. Le subieron a un coche y se dirigieron hacia Sigüenza. Pronto se detuvo en el término del Monte del Otero, a medio camino entre Guijosa y Sigüenza. Una voz ordenó al siervo de Dios que bajara. El Padre entendió la orden, perdonó a sus enemigos y emprendió, peregrino del cielo, la subida al Otero.
Sonó una descarga de fusiles y nuestro mártir se desplomó de bruces con los brazos en cruz. Era la una de la tarde del 27 de julio de 1936. Uno de los milicianos comentaría más tarde: “Como aquel fraile que estaba con estos chicos, que aún decía que nos perdonaba cuando le íbamos a matar”.
En la falda del Otero, en el lugar del martirio, está clavada una cruz para perpetua memoria.

Puntos de reflexión en torno al martirio
*El martirio es el signo más auténtico de la Iglesia de Jesucristo: una Iglesia formada por hombres, frágiles y pecadores, pero que saben dar testimonio de su fe vigorosa y de su amor incondicional a Jesucristo, anteponiéndolo incluso a la propia vida.
*Los mártires, renunciando a salvar su vida y perdonando a quienes los maltratan, nos sitúan ante una realidad que supera lo humano y que nos invita a reconocer la fuerza y la gracia de Dios actuando en la debilidad de la historia humana.
*Al proclamarles beatos, y más tarde santos, la Iglesia eleva su acción de gracias a Dios a la vez que honra a esos hijos suyos que han sabido corresponder generosamente a la gracia divina y les propone como intercesores y como ejemplo de la santidad a la que todos estamos llamados.

Lecciones de los mártires: Disponibilidad (Carta P. General, nn. 13 y 15)
Estar dispuesto a asumir las consecuencias del seguimiento. Confesamos a Jesús como Señor y Él nos invita a seguirle por un camino en el que el discípulo es llamado a caminar, abrazado a la cruz y en comunión plena con Él y con los hermanos, esperando poder escuchar, al llegar a la meta, su palabra de bendición: “Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo” (Mt 25,34ss.). Disponibilidad, pues, a seguir a Jesús, dejándolo todo.

de Postulación General – Roma 2013